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lunes 7 de noviembre de 2011

LA MUJER Y LA NEGOCIACIÓN

La mujer y la negociación Las mujeres y el poder.

Siempre he creído que las mujeres son más poderosas que los hombres. Esto si aceptamos como contenidos fundamentales del poder la capacidad de invitar, de conmover, de expresar afecto, de acrecentar la sensibilidad, de dar vida, de criar vida.

Estos contenidos del poder, que para mí son los más importantes, han sido desplazados, o por lo menos ocultados, por la usurpación de la competencia, entendida como sinónimo de lucha, de violencia, de guerra, y por el desplazamiento obsesivo de intentar controlar el futuro que impide, en muchos casos, vivir el presente, el aquí y ahora y convierte el afecto en especulación.

Lo que para mí sigue siendo un misterio insondable es por qué estas mujeres, que poseen la riqueza que les otorga su género, han engendrado y siguen criando varones machistas. A simple vista, ésta parece ser una contradicción superlativa: desear la figura del machista y a la vez repudiarla. Como contradicción, simplemente es y tal vez haga a la esencia del espíritu femenino.

Ese machismo es lo que considero inferior a las cualidades que observo en muchas mujeres, especialmente cuando terminan imitándolo para sí, porque en él se ha atenuado el afecto (trastocado muchas veces en dureza), la invitación y la seducción se transforman en exigencia, en una orden y en la construcción de la convivencia, a través de la violencia y la intimidación.

En la obra de teatro “ La señora Macbeth”, la autora Griselda Gambaro da una vuelta de tuerca acerca de la relación de la mujer con el poder. La señora Macbeth en un comienzo no da muestras de la menor vacilación ni de ninguna lucha interior y parece tener como única aspiración vencer los escrúpulos de su marido, hombre ambicioso pero de buenos sentimientos. Ella sacrifica su propia fecundidad en pos de ese propósito asesino. Cuando su marido logra a través de crímenes convertirse en rey, comienza a advertirse ese derrumbe interior en un monólogo conmovedor entre ésa, que ha logrado ser la implacable esposa de un rey y su yo misma.

Ese yo misma se siente un hombre que ha perdido la sensibilidad femenina, la capacidad de dar vida, que se ha destruido y ha destruido toda posible dicha. La codicia por el poder encegueció a la señora Macbeth y ya no tolera enfrentarse con sus propios fantasmas. Ella envidia la posibilidad que tiene su marido de ser rey por lo que lo manipula, lo alienta y lo justifica para que logre lo que a ella le hubiera gustado tener pero que por ser mujer le está vedado.

La cualidad superior de lo femenino, para poder sostenerse, requiere de atención, de permanecer consciente para no deslizarse a la estereotipia masculina ni descender al estadio más primitivo (¿acaso más machista?) en su construcción del poder.

El caso más interesante de convivencia entre mujeres y hombres es el relatado en “El cáliz y la espada” por la antropóloga austriaca Riane Eisler. Allí da cuenta de una civilización en Europa Central en la que el poder era usado armónicamente por ambos sexos sin el deseo de prevalecer sobre el otro. Este modo de entender la convivencia entre ambos géneros favoreció el desarrollo de una comunidad equilibrada en la que el control sobre el otro no era un elemento prevaleciente y su consecuencia era la desaparición de la lucha para someter al otro.

Como dice la autora, como esto ocurrió, está en nuestros genes y, por lo tanto, está en nosotros mismos que volvamos a construir un vínculo de mayor calidad y armonía, usando el poder para combinarlo en la creación en lugar de usarlo para el sometimiento y el control. Será necesario entonces encontrar ese particular punto de equilibrio para no ser esclavos ni tiranos en nuestra relación con los otros.

El poder no es un individuo ni una estructura firme y única sino un aspecto, a veces confuso, de nuestra condición humana que hace necesario encontrar la delicada y precisa relación con nosotros mismos y con nuestros hijos, colegas, parejas, padres, amigos y, por ende, con el resto del mundo. Para Mujer & Co. Enrique Fernández Longo, junio 2004.

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